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Artículo 12

Egoísmo sano, una sana práctica de pareja

La primera idea que se nos viene a la cabeza cuando hablamos de egoísmo es que se trata de algo negativo, que no debemos hacer y que, si lo hacemos, estamos actuando mal. Además, si algo ha quedado constatado a lo largo del tiempo es que han sido las conductas generosas y altruistas, y no las egoístas, las que han permitido que hoy estemos donde estamos como especie.

Uno de los principios que forman la base de las relaciones es el de reciprocidad: dar y recibir. Uno no debería de dar para recibir, pero se espera que al dar, se reciba. En todas las culturas está mal visto no devolver un favor o no agradecer un regalo, es decir, no devolver algo a cambio de lo dado. Por otro lado, la mayoría de las personas nos sentimos obligadas a recibir lo que el otro nos da, por eso nos cuesta tanto decir que no a alguien, aunque sepamos que la otra persona lo hace con la intención de sacarnos algo.

Hace falta un muy buen entrenamiento en asertividad (decir lo que uno piensa sin ofender, y no permitir que las opiniones de los demás nos ofendan, implícita o explícitamente) para luchar contra la marea de la reciprocidad, especialmente cuando ésta se convierte en chantaje.

Egoísmo sano no es egocentrismo. No se trata de hacer todo para uno mismo, sino de hacer lo que mejor le conviene a uno para que las relaciones con los demás se desenvuelvan de forma equilibrada, satisfactoria, y en beneficio de todas las partes. En realidad, el egoísmo sano es perder el miedo a decir NO, y también podríamos definirlo como la conducta que nos permite dejar de ser carnaza para los lobos.

Al practicar el egoísmo sano uno siente que puede decir que no, que no tiene la obligación de devolver siempre un favor, o verse obligado a dar algo que no quiere o no procede dar, simplemente por la petición (o egoísmo) del otro. De esta manera, uno se vuelve un poquito egoísta sin sentirse culpable.

En realidad se trata de ser firme, y de comprender, por un lado, que cuando alguien nos está dando algo para> su beneficio, uno no está obligado a devolver, y por otro, que uno no está obligado a recibir todo lo que se le da sin que se haya pedido, necesitado o querido. Se trata de aprender a respetarse a uno mismo en caso de que los demás no lo hagan. El egoísmo sano nos permite ser nosotros mismos sin caer en las manipulaciones de los demás para su propio beneficio, cuando ni siquiera se nos tiene en cuenta. Y el beneficio de ser uno mismo revierte en la capacidad de desarrollar el propio potencial y de vivir de una forma plena y consciente.

Algunos se preguntarán qué tiene que ver todo esto con las relaciones afectivas. Es precisamente en las relaciones de pareja donde hay que aprender a evitar las conductas abusivas y disfrutar de las que merecen la pena.

Cuando una persona practica el egoísmo sano, disminuyen sus niveles de estrés y de ansiedad, y mejoran los trastornos derivados de los mismos, a la vez que aumenta su autoestima y los niveles de bienestar percibido, tanto físico como mental.

Cuando uno deja de sentirse culpable o responsable de las emociones de los demás en aquellas situaciones en las que realmente no le corresponde hacerlo, se siente inundado de una sensación de libertad, ligereza y eficacia, que le anima a afrontar los retos que se presentan cada día.

Al practicar el egoísmo sano, uno puede vivir plenamente sin ir buscando culpables de lo que le ocurre. Pero, como todo, es una decisión muy personal. Las palabras libertad, responsabilidad y autonomía, que son lo que se consigue con un egoísmo sano, suenan muy bien, pero ya se sabe que no siempre es fácil ponerlas a la práctica. Suponen una gran dosis de autoconocimiento, autocontrol y compromiso con uno mismo y con los demás, que no siempre se está dispuesto a asumir. Se puede elegir no ser un egoísta sano, pero entonces hay que aceptar que se vive más en función de los demás, de sus decisiones, de sus deseos o de sus opiniones.

El egoísmo sano nos permite realizar las actividades que más nos convienen, relacionarnos con la gente más afín o complementaria a nosotros, ser creativos, generosos, respetuosos, cuidarnos adecuadamente, tener hábitos que nos benefician y no que nos perjudican. En definitiva, asumir, respetar, potenciar y disfrutar de lo que uno es, y también de lo que son los demás.

Lo primero que hay que hacer es cambiar las ideas sobre lo que es egoísmo y lo que no lo es. Estas ideas son las que están dirigiendo y escribiendo el guión de nuestras vidas, y si no nos sentimos satisfechos de por dónde nos están llevando, es mejor que tomemos las riendas de nuestro destino y definamos nuevas ideas y perspectivas de la realidad.

Los mejores aliados del egoísmo sano son las emociones: cuando alguien está haciendo algo aparentemente bueno por nosotros (o simplemente está haciendo algo que nos afecta) y el higadillo se nos encoge, podemos intuir que es el momento ideal para empezar a practicar el egoísmo sano. O por ejemplo, cuando estamos diciendo que sí con la boca y el higadillo está diciendo que no. O cuando nos sentimos tristes, sin alegría, sin energía, y el cuerpo pide a voces que seamos egoístas, que pensemos en nosotros mismos, que nos nutramos, que nos recarguemos, porque ya casi no le quedan reservas para seguir adelante. Por eso la importancia de practicar el egoísmo sano.

Aprender a ser responsable con uno mismo obliga a los demás a ser responsables con ellos mismos, o al menos a que sean conscientes de esa responsabilidad. Es una gran lección para llegar a tener una buena convivencia y relación con la pareja.

¿Y cómo se beneficia una relación afectiva del egoísmo sano? En pareja, además de practicar el egoísmo sano, las prácticas afectivas incluyen, recíprocamente, cuidar al otro, estar atento a sus necesidades, procurar gestos que le hagan feliz a la vez que nos hacen felices a nosotros. El egoísmo sano permite entender un no de la pareja sin que signifique tener que enfadarse, sin interpretarlo como un rechazo, sino como una expresión sana de lo que necesita cada uno en ese momento. Una nota final: cómo decimos NO es más importante que el hecho de decirlo. Evitaremos la forma brusca, a la defensiva o arisca, y lo sustituiremos con un «gracias» y con cariño.

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