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Artículo 19

Qué hacer y qué no hacer para que una pareja funcione

Una vez que hemos pasado por la primera etapa llena de ilusión, entramos en una nueva fase. Nos sentimos más relajados y las piezas de la personalidad de cada uno empiezan a colocarse en su justo lugar. No es extraño que empiecen a aflorar los miedos por las malas experiencias anteriores, o que quizás se tenga la sensación de no saber muy bien hacia dónde avanzar o qué hacer.

La primera recomendación es seguir siendo uno mismo, a la vez que se atiende y se mima a la pareja. Es importante prestar atención a aquellas conductas que puedan hacer que la relación retroceda o se dañe. Es el momento de saber conjugar los ingredientes básicos (amor, atracción, sexualidad, afecto...) con las herramientas imprescindibles (comunicar, negociar, respetar, aceptar...).

Os aconsejamos evitar las siguientes actitudes o conductas:

  • Negligencia afectiva. No olvidar los gestos y las palabras que demuestran que nuestra pareja es importante para nosotros. Ej: «él/ella ya sabe que le/la quiero». Realmente no es así, es importante poder constatarlo.
  • Pretender que nuestra pareja adivine lo que estamos pensando, lo que queremos, o lo que nos ha podido sentar mal. Existe una idea generalizada de que nuestra pareja tiene la obligación de saber lo que nos está pasando o lo que queremos. Este pensamiento da lugar a demasiados malentendidos que es necesario solucionar cuanto antes, expresando claramente lo que se quiere del otro o aquello que se quiera comunicar.
  • Pasado un tiempo en la relación, pretender que la otra persona sea lo que no es, y lo que nunca ha sido. Esta actitud produce muchísima confusión ya que se tiene la percepción de que uno no es aceptado como es, y de que además se le obliga a ser de una manera que quizás no quiera ser. Los cambios han de ser voluntarios y consecuencia de una decisión personal.
  • Dejar de hacer cosas que son parte importante de la vida de cada uno, en nombre de «si no cambias es que no me quieres». Es responsabilidad de cada miembro de la pareja analizar si las costumbres o hábitos del otro son compatibles con las propias, y es además un error intentar complacerle a cualquier precio, con la esperanza de que, si renuncias a tu proyecto vital, te amarán más. Más bien ocurre lo contrario, porque desgraciadamente, cuando te pierdes el respeto a ti mismo, también los demás te acaban perdiendo el respeto.
  • Dejar que los enfados se pasen por sí solos después de un tiempo y no hablar y solucionar lo ocurrido. El mismo conflicto reaparecerá, y como no disponemos de nuevos recursos para afrontarlo, volverá a darse la misma situación, pero la bola se irá agrandando porque la repetición pesará cada vez más.
  • Dejar que los enfados invadan todas las áreas de la relación. Aunque haya ocurrido algo en un momento determinado que nos ha molestado, deberíamos intentar estar juntos (aunque quizá necesitemos nuestro espacio durante unos minutos o unas horas), y ser capaces de hablar de otros temas sin que salpique el mal humor o el reproche. Lo más importante en estos momentos es dialogar y buscar una solución, no perseguir al culpable o autocompadecerse.
  • Falta de autocontrol. Nos referimos a decir o hacer cosas demasiado fuertes de las que luego uno se arrepiente, y que son de difícil solución. Es mejor callarse, pensar bien qué se quiere decir, y sobre todo para qué.
  • No escuchar. En pareja hay dos puntos de vista que se han de combinar o alternar según decidáis ambos. Frases como: «Pues no sé por qué te pones así»(en realidad no hay que saber por qué, sino el hecho de que se ha puesto así, y si a la otra persona algo le ha sentado mal, no es cuestionable); «pero si te lo he dicho en broma» (cuando las bromas no hacen gracia es mejor cambiar el chiste en lugar de obligar o esperar a que el otro se ría); o «eso es una tontería» (es evidente que para la persona que lo ha dicho, no lo es. Es mejor tenerlo en cuenta).

Por tanto, si queremos apostar por la relación vamos a intentar recordar y poner en práctica los siguientes consejos:

  • Decir frecuentemente lo que nos gusta del otro y no olvidar los pequeños detalles.
  • Comunicarse de manera fluida y buscar siempre la solución a cualquier conflicto desde una perspectiva positiva.
  • Ser uno mismo y aceptar al otro como es. A partir de ahí se podrá hablar de las cosas más positivas y más conflictivas (con las que uno se encuentra cómodo y con las se siente a disgusto), y será responsabilidad de la otra persona decidir si quiere cambiarlas (y dar señales de ello). Si decide que no quiere o que no puede cambiarlas, entonces será responsabilidad de cada uno decidir si sigue adelante o no con la relación.
  • Controlar lo que se dice y lo que se hace, y desarrollarse personalmente de forma positiva (buen carácter, asertividad, expresión emocional, autocontrol, etc.).
  • Escuchar y tener en cuenta las emociones, los gustos y las necesidades del otro (empatía).

El gran reto de estar en pareja no es tanto conocer al otro, sino conocerse mejor a través de la relación con el otro.

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