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Artículo 28

Cómo nos enamoramos

“Siento mariposas en el estómago”, “Me levanto con una sonrisa por las mañanas”, “Tengo de nuevo ilusión por vivir”, “Estoy todo el día en las nubes”... ¿Quién no ha pasado por alguno de estos estados transitorios en la euforia de los primeros momentos de una relación? Cuando nos sentimos así respecto a alguien, en este momento es absolutamente imposible sacar algún defecto a la persona amada, pues solamente se están viendo las virtudes (es cuando el amor se hace, o le hace a uno, ciego), el cerebro sufre una especie de distorsión en la forma de percibir al otro y solamente se desea estar cerca, tener más, como si de algún tipo de droga se tratase. Y no es de extrañar. Cuando todo esto está ocurriendo, los circuitos de placer del cerebro están segregando una hormona, la dopamina, que facilita también que actividades como comer o el sexo resulten tan agradables y deseemos disfrutar de ellas lo máximo que nos sea posible. La verdad objetiva es que uno está disfrutando tanto, que los potenciales defectos del otro pasan a segundo plano.

Todo ello aderezado con un poco de testosterona, la hormona encargada de regular el impulso sexual y la atracción física, y ya estamos listos para perder la cabeza e incluso llegar al convencimiento de que estamos ante nuestra media naranja… hasta que el tiempo, que tiene la buena costumbre de poner todo en su sitio, nos confirme o nos haga desistir de nuestra opción.

Pero, ¿es realmente necesario pasar por todo este revoloteo de hormonas para iniciar una relación afectiva estable? La respuesta es , pues su función consiste en facilitar que dos personas creen un vínculo lo suficientemente potente, capaz de generar expectativas tanto a corto plazo (relaciones sexuales o proximidad física), como a medio (salir con alguien), y largo plazo (convivencia y/o hijos).

Los factores que desencadenan el enamoramiento son imprevisibles pues dependen de la subjetividad de cada individuo. Esto quiere decir que al enamorarnos entran en juego distintos componentes como:

  • La constitución innata (como por ejemplo, ser tranquilos/activos, introvertidos/extrovertidos, etc. Así, si eres una persona tranquila, puedes estar buscando un complemento más activo, o quizás a alguien que comparta contigo el mismo ritmo para afrontar la vida)
  • El estado fisiológico en un momento determinado (como por ejemplo las mujeres sienten mayor deseo sexual alrededor del periodo de ovulación, cuando segregan más testosterona; los dolores de cabeza “¿ha sido alguien capaz de conquistarte algún día que tuvieses la cabeza a reventar?”…)
  • El estado emocional (cuando se está bajo de ánimo las probabilidades de enamorarse disminuyen significativamente; cuando se está de buen humor, se liga mejor y con más éxito)
  • Las conductas aprendidas en entornos habituales (por ejemplo, el sarcasmo o hacer el chiste ése con el que no se ríe nadie; o la crítica, estar esperando a que el otro haga algo mal para saltar a su cuello)
  • Las creencias individuales (por ejemplo, si se valora el orden, se verán más cosas desordenadas)
  • Las necesidades personales (todo el mundo intenta satisfacer sus necesidades en todo momento. Por ejemplo, si se ha crecido en un entorno carente de afecto físico, se valorará especialmente a las personas cariñosas; o si se ha crecido en una situación económica precaria, se apreciara la seguridad que la pareja proporcione en este sentido).

Todos estos factores no son ni buenos ni malos: son simplemente así, y es bueno tenerlos en cuenta para saber qué es lo que nos esta ocurriendo cuando sentimos algo especial por otra persona.

Si hemos pasado con éxito las fases de la testosterona (atracción física) y de la dopamina (amor ciego y placentero), nos espera todavía la de la oxitocina. Esta hormona nos ayudara a prolongar los vínculos afectivos. Es la hormona que nos permite confiar; es la que segrega la madre lactante para facilitar la alimentación de su bebé, y la que se pone en marcha en todo el juego de caricias y piel, tan necesaria para la frecuencia e intensidad sexuales que se dan en las parejas cuya relación se va nutriendo de encuentros afectivos regulares.

Si a estas alturas alguien se siente incómodo con tanta interferencia químico/fisiológica a la hora de elegir pareja y reivindica su libertad para estar con quien desee, que sepa que no le falta razón. Porque todavía tenemos dos últimos factores para que una relación pueda establecerse con éxito: querer querer y saber querer, que tienen que ver con la voluntad y la destreza. Si al principio nos domina ese no sé qué incontrolable, para el final (esperamos que feliz) de cada relación, por lo menos nadie (hormonas incluidas) nos puede quitar la última palabra.

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