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Artículo 36

Nuevos patrones de pareja para el nuevo milenio

“Nos conocemos, nos gustamos, nos besamos y… ¿ya tenemos una pareja hecha?”. Sabemos que muchos de los “desencajes” en pareja tienen que ver con la intención o con la prisa por forzar que una relación esté, o al menos lo parezca, “asentada”. En ocasiones da la impresión de que lo importante es estar con alguien, si es posible con los patrones antiguos, en lugar de dar prioridad a la calidad de la relación que se establece. Sin embargo, las quejas se presentan en seguida cuando la otra persona es como es en vez de como nos gustaría que fuese. La misma cara de pasmo se nos queda cuando se nos pide que seamos como no somos para adaptarnos al criterio de cómo nuestra pareja cree que tenemos que ser.

Parece haberse olvidado con cierta facilidad que el antiguo patrón de pareja no respondía necesariamente a vínculos afectivos, y lo importante era sacar adelante un proyecto familiar y social. Si además se conseguía que fuese un éxito personal, era algo satisfactorio pero secundario.

¿Hemos realmente cambiado tanto? ¿Hemos dejado definitivamente de lado los convencionalismos sociales dando prioridad a la calidad de los afectos entre dos personas?

Ésta es, sin duda, la tendencia hacia la que se dirigen los nuevos modelos de pareja, aunque son todavía muchas las personas que siguen interpretando como amor el miedo profundo a quedarse solas, su incapacidad para resolver problemas y que los resuelva otro; o la necesidad de estatus social y/o económico que, todavía hoy, proporciona el hecho de estar acompañado.

Aunque partimos de la base de que las parejas pueden y deben fundamentarse sobre los criterios que decidan las dos personas que la forman, cuando nos centramos en aquéllas que demandan calidad afectiva seguimos comprobando que hay una tendencia al patrón clásico y falla una cierta fluidez a la hora de entender los ajustes que necesita cada persona para adaptar su vida a la presencia de otra. Hay muchos más factores en juego que no deben pasarse por alto.

Por un lado, el rango de edad para formar pareja se ha ampliado considerablemente y hoy en día es absolutamente normal estar buscando una relación afectiva a los 20, o también desde los 30 hasta los 80 años, ¿por qué no? Más edad significa un mayor bagaje de experiencia con una serie de circunstancias muy particulares. Existen hijos de relaciones anteriores, situaciones económicas cambiantes, traslados de casa e incluso de país…

Vivir juntos puede ser algo que apetezca o no según lo vivido por cada uno, pero no tiene por qué ser una condición imprescindible para formar una pareja estable. Es preferible que la convivencia sea la consecuencia de una complicidad, de una amistad, de una atracción física importante, de un conocimiento mutuo y de una capacidad y voluntad para saber hacerse felices mutuamente. Para empezar la casa por el tejado hay que ser extremadamente hábiles y expertos, por lo que mejor nos iremos a la manera más lógica, sencilla y contundente. ¿Podemos permitirnos que lo que se asiente adecuadamente sean los afectos, en lugar de losintrusos? Al fin y al cabo, cuando alguien está enamorado y además se siente querido, el patrón solamente incumbe a esas dos personas, y les corresponde a ellas moldearlo a su gusto.

En cualquier caso, y afortunadamente, no hay nada escrito y podemos intentar miles de ensayos entre todos. Para ello es necesario que dejemos de juzgarnos innecesariamente los unos a los otros, y que nos apoyemos en que cada persona encuentre su bienestar y felicidad desde la creatividad y la expansión.

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