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Artículo 38

¿Nuestros hijos serán nuestros padrinos de boda?

Natalia iba a casarse en segundas nupcias, enamorada hasta la médula, y con muchísima ilusión por celebrar su boda. Habían pasado muchos años desde que enviudó y, tras un largo período de soledad (prácticamente impuesta por la crianza de sus hijos) encontró a un hombre maravilloso con el que quería pasar el resto de su vida. Organizó la fiesta hasta el más mínimo detalle. Y, según nos contaba, lo más divertido se le planteó a la hora de elegir a su padrino.

¿Quién sería el encargado de llevarla al altar? ¿Su padre? Ya lo había hecho en la primera boda, y ahora ella ya era muy mayor como para sentir que “era entregada” al hombre que debería cuidarla, amarla y respetarla. No tenía hermanos. Barajó también la posibilidad de hacerlo al más puro estilo nórdico, es decir, entrar los novios juntos al altar, como acto de madurez de dos personas que han tomado una decisión responsable y sin intervención de terceros. Pero se perdía parte de la magia que rodea al hecho de que la novia llegue al altar mientras el novio la espera. Que él la reciba y ambos se emocionen ante la perspectiva de darse un sí definitivo.

Ni se le había pasado por la cabeza la opción de su hijo mayor, que ya tenía 19 años. El pequeño apenas tenía 12, y su hija mediana 15. Fue ésta quien, una noche, cenando y contando a su madre anécdotas de las segundas nupcias de los padres de sus amigas, le comentó que un compañero suyo había sido el padrino en la boda de su madre. “¿Y cómo se sintió?” preguntó Natalia intrigada. Le parecía que debía de ser un mal trago para un hijo acompañar a su madre hasta el altar para que se casase con otro hombre que no fuese su padre. Y que incluso podrían activarse ciertos pequeños celos varoniles, o simplemente filiales.

Y para nada. Juanjo se sintió genial. Sabía que a su madre le hacía mucha ilusión, y su nueva pareja le caía estupendamente. Se lo tomó, por un lado, como un juego, porque es hasta divertido hacer cosas que se supone que son de mayores. Pero también se dio cuenta de que era una experiencia que no iba a tener oportunidad de vivir muchas veces en su vida y, al fin y al cabo, ¡era una fiesta!

Natalia pasó varios días dándole vueltas al tema, hasta que se decidió a hablar con su hijo mayor. Al principio le daba bastante corte. Pensaba que quizá le iba a decir que no, que qué cosas tenía. Pero se trataba de una opción que quería intentar, y su hijo al fin y al cabo tendría la última palabra. A Natalia le hacía ilusión, pues habían sido muchos los años que había pasado sola con sus tres hijos, y se habían apoyado unos a otros en las vivencias fáciles y en las difíciles, en las tristes y en las divertidas. Formaban una piña unida por el afecto.

“¡Qué buena idea, mamá! ¿De verdad quieres que te acompañe hasta el altar?”. Natalia respondió afirmativamente, pero su hijo iba a sorprenderla todavía con lo mejor. “Mamá, para mí será un honor darte las gracias por todo el tiempo que nos has dedicado. Y acompañarte, en mi nombre y en el de mis hermanos, junto al hombre con el que, por fin, vas a poder ser la mujer que no has podido ser antes por haberte dedicado a nosotros. Te mereces esta felicidad, mamá”.

Natalia se quedó sin habla. Y el día de su boda fue el más bonito y especial de su vida. Por su nuevo marido, y por sus hijos.

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