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Artículo 40

El éxito en el amor es más que una cuestión de suerte

“¡Qué suerte tiene!” exclamamos cuando vemos a alguien disfrutando de una relación, por fin, soñada, a su medida, y que le hace plenamente feliz.

¿Suerte? Efectivamente, para conseguir nuestros objetivos, del tipo que sean, es necesario que en algún momento la suerte nos toque con su varita mágica y haga que se consoliden nuestros proyectos y el fruto de nuestro trabajo. La cuestión es: ¿qué peso le damos a la suerte para hacer que nuestros sueños se hagan realidad? Para muchos, las cosas llegan solamente si aparece el factor azar, sin una intervención personal, por lo que se convierten en agentes pasivos de su vida. Si las cosas no pasan, ellos pasan de las cosas. Y la vida se convierte en una experiencia ajena, que se sufre, pero que no se diseña. Se vive como espectador en lugar de protagonista. Por eso no es extraño encontrar en lo más profundo de estas personas estados emocionales como las depresiones, la melancolía, la frustración y el resentimiento, consecuencia de la pasividad vital.

Cuando alguien consigue algo valioso (como una relación feliz, adecuada, soñada…) parece que hubiera una cierta resistencia a querer reconocer el esfuerzo que eso ha requerido. Por ejemplo, el tiempo dedicado a conseguir sus objetivos, la valentía para levantarse una y otra vez después de una dificultad, la honestidad para reconocer los errores y la sabiduría para corregirlos, la capacidad de mantener la atención enfocada superando situaciones incómodas, sinsabores o situaciones adversas…

Éste fue el caso de Beatriz, hoy felizmente casada con Esteban, a quien conoció en la red. Forman la pareja ideal, están enamorados como dos adolescentes, aunque están en la cincuentena. Se han quitado años de encima y tienen una vida llena de proyectos e ilusiones. En alguna ocasión oyen decir a alguien que qué suerte han tenido. Beatriz sonríe porque nadie conoce los desengaños previos a su relación con Esteban, cómo tuvo que aprender a discernir el grano de la paja, los fines de semana que pasó llorando por decepciones que no entendía, las veces que se levantaba llena de ilusión y auto motivación pero que acababan en decepciones estrepitosas… Sin embargo, de cada experiencia hizo su propia lectura personal, se tomó sus tiempos de descanso y de reflexión, aprendió sus lecciones individuales, y no olvidó en ningún momento lo que deseaba: encontrar al hombre de su vida.

Su perseverancia es digna de admiración, y cuando la suerte hizo acto de presencia, Beatriz y Esteban estaban preparados para encontrarse, para reconocerse, para cuidarse, y para darse recíprocamente lo mejor que llevaba cada uno para compartir.

Es cierto que la literatura y la ficción están llenas de casos que atribuyen a Cupido o al azar la llegada del amor, y todas estas historias van esculpiendo nuestro pensamiento, nuestra mente y, como consecuencia, nuestra vida.

Pero es importante que no le demos a este factor un peso excesivamente grande. Si contamos con su intervención en aproximadamente un 10%, y dejamos el 90% a nuestra actuación consciente, es mucho más probable que consigamos lo que pretendemos. Así nos sentiremos creadores de nuestras circunstancias y, por lo tanto, más satisfechos de todo lo que vamos consiguiendo.

Es mejor empezar a considerar el éxito, no como algo que nos ocurre y no sabemos muy bien cómo, sino como la consecuencia de una actuación enfocada, dirigida, mimada y sostenida. Y esto es aplicable, por supuesto, a que encontremos el amor de nuestra vida.

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